Hoy estoy muy cansado para pensar; me siento enfermo. Pero pronto dejaré de quejarme. Todos han intentado evitar que me perdiera en ese laberinto sin salida que son mis recuerdos, aunque ha sido inútil. Tomé la decisión hace mucho tiempo y así debía ser.
Antes de terminar con todo, me acercaré al árbol donde grabé nuestras iniciales. Las quiero ver una vez más. A pesar de todo el tiempo transcurrido aún siguen ahí, otoño tras otoño, como si acabara de guardarme la navaja en el bolsillo... y ahora no tendría pulso ni para sujetarla. Tanto empinar el codo a escondidas tiene su precio. Cómo cambian las cosas. Aún me parece verte, mirándome mientras terminaba mi trabajo, excitada y orgullosa. Entonces aún pensaba que eras distinta, que tu corazón latía por otros fines y no solo para mantener vivo a ese antro de perversidad en el que te convertiste.
A veces pienso qué habría pasado si te hubiera dejado ir sola por ese camino a ninguna parte por el que te adentraste, ya ni recuerdo cuándo; pero escogí seguirte aunque el precio a pagar fuese alto. No me podía creer que fueras tan mala, creo que tal vez lo hice para intentar redimirte. Y porque te quería, aún con tu pie hundiéndome la cabeza en el barro. ¿Fuiste la oportunidad de mi vida o la semilla de mi tragedia? Cuando en los momentos más oscuros me arrepiento de haberte conocido, algo dentro de mí sabe que mi vida tal vez no habría tenido sentido sin que estuvieras tú en ella. Tengo que tocar de nuevo las iniciales y apoyar la cabeza en ese tronco centenario, y viajar en el tiempo para que la memoria, como siempre, se ponga de tu lado de forma canalla. Entonces veré dulzura donde hubo traición, sentiré besos en vez de reproches, amor en lugar de tu desprecio hecho mirada. Mis recuerdos se venderán de nuevo a tus mentiras, y habrás ganado otra vez. Y bajo la sombra de ese olivo te oiré de nuevo reír como una niña, y decirme cosas en el oído que nunca más he vuelto a escuchar. Todas falsas. Ya sé por qué vuelvo siempre a ese árbol maldito y amado al mismo tiempo, y mis ojos, ya del mismo color que las heridas que le hice con mi navaja, se inundan mientras me abrazo a él.
Me acuerdo mucho de mi amiga Lucía, la recuerdas, ¿verdad? Fue la única que me quiso mostrar la verdad sobre ti. Ella, tan dulce y tímida, soñaba con meterte la cabeza en su microondas con el tiempo de cocción de un suflé. Murió el año pasado. Era de las pocas personas que venía a visitarme. Y siempre que salías tú en nuestra conversación ella miraba iracunda hacia la ventana, como si imaginara que te arrojaba por ella. Qué buena era. Creo que de lo único de lo que se confesó alguna vez fue de esos pensamientos homicidas hacia ti. Y no le faltaba razón. “Ojalá lo hubieras hecho, Lucía”, he pensado a veces.
Pero yo me adelanté. Sí, ojalá hubieses acabado tú con ella antes, mi querida Lucía, y así no llevaría esta losa encima. Aunque hubiera sido injusto: tu maldad era responsabilidad únicamente mía y de mi idiotez. Nunca le conté nada, preferí que se fuera con un concepto demasiado alto de mí.
Tomaré mi último trago sobre tu tumba. Compraré una buena botella de vodka para la ocasión, y con mi revólver sobre la rodillas, ese cuyo sabor conoces muy bien, daré buena cuenta de ella. Mientras, leeré una de tus cartas, la primera y más mentirosa de todas, en la que me abriste tu corazón, aquel que jamás tuviste. Y cuando termine de leerla, ya casi ebrio, la volveré a enterrar con una sonrisa irónica junto a ti, al pie de nuestro árbol. Entonces terminará todo; espero no errar el tiro y dejarle así otra herida más al pobre olivo. Estaremos de nuevo juntos aunque no quieras, y no tendré que oír tus quejas a pesar de tenerte tan cerca. Y escribiré una nota, para meterla en el bolsillo de mi camisa, que dirá:
“El que me vendió este trasto nunca me habló de los efectos secundarios...”

