viernes, 8 de octubre de 2010
Halo
Llegaste un martes por la mañana. Una mañana gélida y triste como pocas. Aún no había amanecido cuando el techo de nubes se abrió sobre el mar enfurecido y anunció tu llegada de manera abrumadora. Mi usual paseo matutino y mi vida entera cambiaron para siempre.
Te vi caer del cielo envuelto en llamas. Me quedé inmóvil, salvo mis piernas, que no paraban de temblar. Aunque sentía miedo, la curiosidad fue más fuerte. Así que, luchando contra ese terror frío que me paralizaba, corrí hacia el lugar del impacto.
Ahora fumas esa misteriosa pipa que traías contigo. Qué olor más raro desprende; y ese extraño humo… me hace recordar el vapor que ascendía desde el lugar en el que caíste; fue lo que me guió en la espesura para llegar hasta ti. El corazón me salía por la boca, creo que tanto por el cansancio como por la excitación. Llegué hasta un claro en el bosque, era evidente que habías aterrizado en esa zona, estaba todo chamuscado y había humo por todas partes. Ya habías tomado contacto con tu nuevo mundo, te movías rápidamente alrededor del lugar recogiendo cosas del suelo aquí y allá. Me viste de inmediato en cuanto aparecí lleno de barro, jadeando y mirándote con asombro. Nunca olvidaré la impresión que me dio el verte allí agachado, y cómo te erguiste lentamente sin dejar de observarme, cual cazador que confía en no ahuyentar a su presa.
¡Qué buenos ratos hemos pasado juntos! No se puede decir que hayamos tenido grandes conversaciones, claro, aún me cuesta comprender lo que dices, pero ya he logrado percatarme de cuándo consideras que nuestras charlas han terminado: en el momento en que me sueltas una de esas descargas eléctricas. Nos hemos reído también, o bueno, al menos yo, porque todavía no sé identificar tus gestos del todo, pero creo que entiendes mis chistes, porque me sueles atizar otra descarga mientras yo me troncho de risa. Incluso has compartido conmigo esa extraña comida tuya que parece aceite de motor… y que sabe a aceite de motor; por supuesto, siempre acabas con la ya para mí rutinaria descarga. Debe de ser una especie de costumbre en el lugar de donde vienes….
Me gusta ser tu amigo. La verdad es que eres el único que he tenido. Me he sentido importante durante estos días, porque mi secreto ha sido el mayor de todos, y he conseguido no contárselo a nadie, aunque a veces hubiera deseado pregonarlo sólo por sentirme superior a ellos una sola vez en mi vida. Y para ver sus caras de asombro… y de terror.
Pero al final te han descubierto, por mi culpa; esos mediocres me siguieron hasta la cabaña. Y ahora vienen a por ti. No aparentas miedo alguno, tal vez no eres consciente de todo lo que va a suceder. No imagino qué pasará por tu cabeza en este momento. ¿Tendrás familia o algo parecido? ¿Será en eso en lo que estarás pensando mientras fumas tu pipa? Cómo te envidio, a mí no me espera nadie. Aunque ahora eso da igual, lo único que me importa es tener munición suficiente. Me gusta el sonido de los cartuchos al entrar en la recámara… ojalá que esta maldita escopeta no se atasque de nuevo. Aquí os espero, ¡venid, malditos!
Ya les oigo llegar. Les veo. Vaya, han traído ayuda, parece que son militares, ¡cobardes!, ellos solos no se atreven… Son muchos, demasiados. No voy a tener suficientes balas para todos… reservaré un par para nosotros dos. Creo que nos harán falta. Sí, nos van a hacer falta, y no dentro de mucho… ¡¿Eh, por qué has cambiado de color?!
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