Páginas

jueves, 16 de junio de 2011

Soledad



    Pasáis a mi lado y sin embargo me ignoráis, malditos. Me incomoda teneros tan cerca, me quedo quieto para que paséis de largo y así me dejéis en paz. Eso espero.

    Os oigo, pero vosotros no me escucháis a mí, y es extraño, porque de alguna manera siempre tenéis en cuenta lo que digo...

    Siento que formo parte de algo cuando no estáis ni vosotros, ni ellos, ni nadie. Es el único modo de reconciliarme con mi mundo, el único modo de sentirme vivo en un lugar habitado sólo por silencio; gran vecino y espero que por mucho tiempo.

    Me importa poco vuestra indiferencia, ojalá siempre la hubierais sentido. Y así deseo que transcurra mi vida, escabulliéndome, observándoos de lejos mientras sé que no me echáis de menos. Y no me duele ya saberlo.

    Y así seré un poco menos infeliz, caminando sobre una sombra infinita y disfrutando de tanto sosiego, palpando la oscuridad para encontrar alguna vez los límites de esta caverna en la que tan a gusto me encuentro...

    Y así quiero que siga todo.

jueves, 27 de enero de 2011

Final




    Cuántas veces he pensado en llegar hasta aquí. Y aunque no he intentado posponer este momento, he tardado demasiado. Pero el camino se acaba. Y ahora tan solo me dedico a mirar cómo en el mar de mi vida rompen las últimas olas.

    Cuántas caras conocidas veo en ellas, caras que hace tiempo olvidé. He intentado rescatarlas tantas veces y ahora vienen a mí con una facilidad pasmosa. Aquí están, a mi alrededor, me llaman para irme de su mano. Pero aún debo esperar un poco más. Revivo recuerdos, voces, risas, un corazón roto una y otra vez. Y me duele como entonces, y se me paraliza todo, y el mundo se acaba de nuevo para mí.

    Cuántas veces pensé que ya nada merecía la pena. Que lo que viniese después no importaría, pues deseaba irme para siempre. Y entonces, testaruda, aparecía esa maldita frase que una vez leí y que de tantos infiernos me sacó, caminando. Cada vez que intentaba enterrar uno de tantos cadáveres la recordaba y tiraba de mí, y me gritaba que siguiera, que no me quedara ahí rendido, en el fango.

    Cuántas heridas me podría haber ahorrado, a pesar de que a veces he visto luz en esta bruma espesa que ha sido mi vida. Y esos leves destellos de claridad son los que han impedido que llegara aquí antes, vacío de todo y de todos, harto de tropezar, de equivocarme y no aprender nunca.

    Cuántas zanjas me han visto caer, y siempre he deseado quedarme en ellas y que la tierra me cubriera. En cuántas ocasiones, en contra de toda cordura, he hecho lo que cualquiera no se hubiera atrevido a hacer. Y apenas veía el peligro, pero lo hacía con tal de sentir cómo el corazón se me aceleraba. Y por eso lloré a menudo, sentado durante tanto tiempo en esa piedra fría que me esperaba siempre tras una decepción, en un recodo de ese camino de amargura que me tocó recorrer más veces de lo necesario.

    El final. El final de todo. He de irme, me han derrotado por fin, he sufrido demasiadas traiciones, y ya no me quedan latidos para nadie. Las voces me llaman, me dicen que vaya con ellas. No sé a dónde me llevarán, pero seguro que no será un lugar peor que este.