Ya viene, ya llega. La cucaracha. Quedan aún horas, pero ya percibo su hedor a simpleza, encajonada a diez mil metros. Tanta majadería en tan pocos metros cúbicos, viajando a una velocidad que sus neuronas envidiarían. Aún así espero su llegada.
Nuestros encuentros sirven para comprobar que aún existen seres más básicos que yo. Le gusta pelar fruta, lo hace con maestría, una arte genéticamente heredado de sus ancestros neandertales. Y fuma y todo; es entonces cuando su organismo se colapsa, su mente se satura y el riego brilla por su ausencia. Se convierte en una ameba que desprende humo hasta por los ojos, babeante, lívida e inútil. Aprovecho para robarle el dinero, llevo años haciéndolo.
Nunca hablamos de nada interesante. La verdad es que no cruzamos una sola palabra. Cada vez es peor, al menos antes había saludos y despedidas. Ahora nos encontramos en la calle, nos odiamos con la mirada durante unos minutos, y cuando los viandantes empiezan a echarnos monedas... las recogemos y andamos sin rumbo fijo por la ciudad con la mirada perdida, en silencio. Y siempre, de manera incomprensible, llegamos al mismo tugurio.
Me voy a descansar, mañana tengo trabajo. He de fumigar.