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lunes, 26 de julio de 2010

Mirada



    Allí, en la oscuridad de un estado de ánimo, esperaba el juicio que una sociedad hipócrita le iba a hacer a un hombre. No era ni un mal recuerdo de lo que fue, pero aún conservaba un resto de dignidad; la que deseaban enterrar junto con su orgullo.

    Dedos acusadores, cuellos henchidos, semblantes altivos y palabras afiladas. La atmósfera a su alrededor era y sería insoportable, pero él sabía que no tenían razón, que su conciencia, al menos esta vez, estaba limpia. Cuántas veces luchó contra esa pérfida santurrona, perdiendo siempre y pagando precios demasiado altos. Pero resultaba ser una débil aliada frente a los enemigos externos. Y ahora sólo la tenía a ella, el único testigo de sus flaquezas.

    Siempre huyó de la amistad fácil, renegando de su propia dicha para lanzarse en brazos de la soledad; hurgaba en su pasado con demasiada insistencia y se dedicó a arrastrarse en círculos por el bosque de su vida. Sus días siempre anunciaron tormenta, sus noches fueron batallas con cita previa, y sus sueños escapaban de su mente por rutina. Mas, a pesar de que su existencia era un caminar sobre ascuas, jamás traicionó a nadie más que a sí mismo; no le hizo daño ni siquiera a aquellos que se mofaban de él por el solo hecho de existir, y siempre se ajustó al camino marcado por otros, el que ellos mismos evitaban con frecuencia. Y ahora, de repente, se había convertido en el germen de la maldad, el pozo infecto en el que todos escupían sus propios pecados.

    No había lugar para la defensa. La sentencia estaba dictada y decidió que la resignación era la única salida posible. Recogió sus míseros trastos, dio un último vistazo a la casa que tantos recuerdos amargos le dejaba en herencia y cerró la puerta tras de sí. Afuera los cínicos y los hipócritas se jactaban de su mediocridad. El manto de odio y traición sobre el que tuvo que caminar para salir del pueblo le pareció el mayor de los lodazales, mientras las campanas doblaban a lo lejos, como si anunciaran lo que sucedía de hecho: que alguien partía para no regresar jamás entre los vivos. ¿Y qué vivos eran esos? El prefería caminar entre osarios y sortear panteones antes que volver a soportar la lujuria de crueldad con la que jamás le obsequiaría un muerto.

    Y cuando restaban dos casas para abandonar en soledad ese infierno lleno de chusma en el que había nacido cincuenta años antes, apareció ella, escondiéndose, no sabía si del resto de habitantes o de su propia vergüenza. Y después de todo el castigo, de la culpa injusta pagada con tanto sadismo y de los desprecios y risas a su costa, esos ojos le dijeron todo lo que necesitaba saber de la única persona en la que había creído y que, como el resto, también acabó fallándole. Su mirada le heló la sangre por llegar tarde y de manera callada, al darle la razón en silencio frente a la muchedumbre y no poder gritarles que eran unos necios. Ella revocó la sentencia con sus ojos, aunque sólo él se percató. Esa mirada le hirió de nuevo y de manera más profunda, pero decidió pagar en soledad la penitencia; su conciencia, esa que sólo le acompañaba a él y a ninguno más, le susurró al oído que continuara caminando hacia el destierro y sin volver la vista atrás.

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