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martes, 13 de julio de 2010

Retiro



    Retiro. Hace tiempo que decidiste escabullirte del mundo. Pensabas que no había esperanza, que nadie merecía la pena. Y tal vez tengas razón. Retiro. Es lo único que se te ocurrió, no quisiste pensar más. Adiós a la rutina, adiós a todo y a todos. Pero tampoco pensé que fuera así, de la manera en que lo hiciste; de un modo tan repentino.

    Siempre me desvío para pasar por la calle donde habitas, y me quedo parado en la esquina. Cada día igual. Es como si te hubieras puesto de acuerdo con el entorno, o éste tal vez tuviera miedo de cambiar. Porque todo permanece inalterado, año tras año. Sin cambio; sin esperanza de que lo haya. El cielo siempre está gris sobre tu calle, una brisa sopla constantemente en la misma dirección, con la misma intensidad, como intentando alejar a todo el que no esté invitado a esa fiesta exánime. Y tú, ¿seguirás igual? ¿Tendrás aún esa mirada triste que hacía juego con mi agonía? ¿Seguirás fumando cada cigarro como si fuera el último de un reo a punto de ser ejecutado?

    Hace años que me levanto a la misma hora, apago el despertador con la misma mano, pongo siempre el mismo pie en el suelo antes que el otro, me ducho de la misma forma y me visto automáticamente, como el día anterior, con colores opacos, neutros, aburridos, para no desentonar mucho con mi vida gris. El café siempre sabe igual, el ascensor, como de costumbre, está en el tercero, jamás en mi planta y cuando abro la puerta y salgo de él mi portero está ya fregando el portal, siempre a la misma hora. Cada día le pido disculpas por pisar sobre mojado, y cada día me lanza una mirada de odio. Y sé que a la mañana siguiente pasará exactamente lo mismo.  Y él también lo sabe. ¿Es su rutina o la mía? ¿Me está esperando o me sincronizo yo con él?

    Un amanecer tras otro camino hasta la parada del autobús. Siempre puntual, llega el que me lleva al trabajo, a la vez que la furgoneta de prensa que se para en el kiosco de al lado. No me da tiempo a comprar el periódico, ni un solo día. Nunca he encontrado lugar para sentarme. Me subo en lo que en la próxima parada se convertirá en una lata de sardinas y me agarro donde puedo. Bueno, donde puedo no, donde siempre. En la misma barra, en el exacto lugar del día anterior, la parte que alguien ha dejado de agarrar hace un instante, la misma parte sudada de hace veinticuatro horas; junto a la misma señora de todos los días, cuyo bolso, cargado con lo que yo creo que es una plancha, atormenta mis costillas durante todo el trayecto. ¡Ah, sí!, un día, hace unos años, logré sentarme. Pero no tuve más que treinta segundos de descanso, momento tras el cual subió una anciana que clavó sus ojos acusadores precisamente en mí; le cedí mi lugar avergonzado sin razón. Siempre tan bueno, siempre tan correcto. Miré a mi alrededor esperando la aprobación general, pero nadie me prestaba atención. Ni siquiera la mujer a la que había dejado mi asiento. En realidad viajaba solo en aquel autobús, deseando salir, helado pese al calor por hacinamiento. ¿Habrá fenecido la abuela o seguirá reclamando un asiento cada día? Creo que siempre habrá una anciana reclamando un asiento, y una señora dañando con su bolso los riñones del prójimo.

    Cada día, como te digo, me bajo de ese maldito autobús para seguir caminando y llegar a la calle donde vives. Siempre me planteo el llamar a tu puerta, y pienso que algún día tendré suerte y tal vez vea moverse la cortina mugrienta de la única ventana. ¿Qué haría entonces? ¿Me acercaría? ¿Qué esperaría encontrarme si se abre la puerta? Tengo miedo de que no seas tú quien vive ya ahí. Que hayas muerto y que otro alma condenada haya ocupado tu lugar, tu pequeño refugio.

    Cuando observo tu casa, cuando te imagino allí dentro, pienso que tomaste la decisión equivocada. Te saliste del rebaño. Yo pensaba, y pienso, que no hay más posibilidad que seguir con los demás, en este mundo gris, rutinario. Decidiste dejar de ver las mismas cosas cada día, de vivir en un bucle infinito. Decidiste no ver más a tu portero fregando, ni subirte al mismo autobús a la misma hora cada día, ni trabajar tantas horas seguidas y en el mismo lugar, ni volver a ver pasar tus días sin diferenciar uno de otro. Decidiste no verme más, ni ver a nadie. Decidiste no seguir y echarte a un lado. Elegiste el retiro.

    Cada vez que paso por tu calle me atormento con los mismos pensamientos. No recuerdo qué me llevó a esto, cuándo empecé. Sólo sé que no habrá fin. Jamás. Mi portero y su fregona son eternos. Mi ascensor siempre estará una planta más abajo. Nunca tendré tiempo de comprar el periódico, ni encontraré asiento libre en el autobús. Jamás dejaré de trabajar en el mismo lugar donde, una jornada tras otra, veré las mismas caras de abatimiento. Y pasaré siempre por tu calle cada día de la semana, a la misma hora, y el cielo estará gris sobre ella, y el viento jamás cesará de agitar mi pelo cuando esté allí quieto mirando hacia tu casa.

    He descubierto que no hago todo esto por si te veo en la ventana o me abres la puerta. Me paro allí, desesperado, un día tras otro… porque te envidio. Envidio tu retiro.

    Un momento, alguien ha tocado en la puerta. Aparto la cortina, pero afuera, en la bocacalle, sólo veo un hombre inmóvil, mirando hacia aquí... como todos los días.

3 comentarios:

  1. Retiro. Hace tiempo que decidí escabullirme del mundo. Precisamente porque sabía que había esperanza. Es lo mejor que se me ocurrió y ya no quise pensar más. Adiós a la rutina, adiós a todo, pero no a todos. A ti ta pareció que fue repentinamente, pero no fue así: la semilla latía desde años atrás.

    Siempre te desvías para pasar por la calle donde habito y te quedas parado en la esquina. Cada día igual. Nada permanece, todo cambia: a cada respiración nace el mundo, nuevo. Cambio. Cambio en cada abrir y cerrar de ojos y cada vez veo un mundo diferente y renovado. Tú no. Tú no cambias: sin cambio, sin esperanza de que lo haya.

    Cada día es diferente. Cada momento, cada circunstancia, la sensación de existir en cada instante. Hace años que te levantas a la misma hora: yo no. Apagas el despertador con la misma mano: yo no tengo despertador. Pones siempre el mismo pie en el suelo antes que el otro: yo a veces me levanto con un ala, una rodilla o un ojo. Te duchas de la misma forma y te visto automáticamente: yo me baño en el río y permanezco desnuda hasta que el aire seca piel a lametazos. ¿Es mi rutina o la tuya?

    Yo no vivo en una calle. Vivo aquí, dondequiera que sea aquí en cada momento. Tomé una decisión: una decisión tan acertada como equivocada. Me salí del rebaño, rifé mi CV, regalé mi puesto de trabajo. No hay más posibilidad que seguir con los demás, en este mundo gris, rutinario, sólo que hay muchas maneras de "seguir". Decidí dejar de ver las mismas cosas cada día, de vivir en un bucle infinito. Decidí no ver más a tu portero fregando: ya no tengo ni puerta ni fregona. Decidí no seguir y echarme a un lado, al lado en el que late la realidad más real del exterior de la mentira de todos. Elegí el retiro. Lo acertado y lo equivocado. La libertad y la marginación.

    No habrá fin. Jamás. Tu portero y su fregona son eternos. Tu mundo es eterno. Yo huí de la eternidad y me planté cara a cara delante de la muerte que todo lo revive.

    Envidias mi retiro. Lo sé de sobra. Pero si realmente lo envidiaras, tú también te retirarías. Así que no le seas hipócrita a ti mismo.

    Nadie ha tocado la puerta. No hay nadie detrás. Detrás de los ojos; detrás de las pupilas.


    ES TODO MENTIRA ;-) BEEEEESOS!!!!!!

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  2. Dios, acabo de ver por primera vez este comentario, doña Vagamontañas... qué bueno, qué bueno, en serio. Así soy yo, desconcentrado, teniendo el foco donde no debo y perdiéndome lo realmente importante. Y no dándome cuenta de comentarios como el que acabo de leer.
    Pero aunque lo lea tarde, no es menos importante para mí, al contrario... las cosas llegan cuando deben.
    Sí, envidio tu retiro, sobre todo porque algún día me gustaría ver con tanta claridad como tú lo haces. Y tal vez entonces me retire yo... :-)

    Un beso.

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  3. :-) Bueno, yo también soy así, dispersa y despitada, descolocada, descentrada... No hay nada que envidiar, Ojo Huracanado, porque si miraras desde mis ojos esa claridad que tú ves desde los tuyos, te sorprenderían al caos, la duda y los círculos desconectados.

    Besos!

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